Hoy Despediré a Una Persona

He abierto los ojos esta mañana dos horas antes de lo habitual y mi primera sensación ha sido de angustia y desolación. Como aún estaba es ese breve intervalo entre la vigilia y la consciencia no sabía si ese malestar se debía a un mal sueño o quizás a otra cosa. Intenté aferrarme a la idea de que alguna pesadilla horrible era la causante pero, a medida que pasaban los segundos, poco a poco pero irremisiblemente, he empezado a ser consciente del verdadero motivo de mi desazón: hoy tengo que despedir a una persona de mi equipo.

Ese día que tanto temía ha llegado.

Hace algunos años yo fui despedida de una empresa. Recuerdo bien como me sentí. Recuerdo claramente que me pilló completamente por sorpresa. Aquella mañana fui a trabajar como cualquier otro día. Es más, recuerdo que tenía una reunión con Juan, un proveedor de la empresa que me resultaba atractivo (en aquella época yo era soltera y sin compromiso), y tenía esa leve y agradable sensación de que el día iba a transcurrir de manera agradable y propicia, pero —como ya te estás imaginando— nada fue como yo esperaba.

Mi jefa me llamó a su despacho y, como siempre hacía en las “grandes ocasiones”, me pidió que cerrara la puerta para que pudiéramos hablar con tranquilidad. Como estábamos en la siempre fatídica última semana del trimestre en un primer momento pensé que era la típica reunión para ponerme las pilas y pedirme un esfuerzo adicional pero enseguida me di cuenta de que aquella vez era diferente.

La verdad es que casi no recuerdo las palabras que utilizó para darme la noticia. Lo que sí recuerdo nítidamente es la sensación de vértigo y la punzada en la boca del estómago que me sobrevino en el mismo instante en que fui consciente de lo que estaba pasando.

Tras esa primera desagradable sensación recuerdo, también muy claramente, mi primer pensamiento: “esta hija de punta me está poniendo en la puta calle” (pido perdón por la burrada, pero es que esto fue lo que de verdad me vino de sopetón a la cabeza).

A partir de ahí todo fue a peor. Mi autoestima decidió lanzarse al vacío en caída libre, mis ojos empezaron a ponerse rojos y lacrimosos y un desagradable sudor frío me recorrió la espalda. No voy a decir aquello de que mi vida pasó ante mis ojos como en diapositivas, pero te aseguro que me vinieron a la mente —y al corazón— todos y cada uno de los esfuerzos, horas extras, cabreos y sinsabores que había vivido durante los casi cuatro años que habían pasado desde mi primer día allí.

Debo admitir que una de las cosas que más me horrorizó al principio fue pensar en como me iban a ver mis compañeros una vez que se enteraran de la noticia. Qué vergüenza. Yo, que voy —o eso me creo yo—derrochando seguridad y eficiencia, iba a convertirme ahora en una fracasada, en la perdedora a la que ponen de patitas en la calle. Vamos que, toda esa seguridad y eficiencia eran de cartón piedra y no me habían servido para nada.

En fin. Lo demás ya te lo imaginas: lagrimones, despedidas, buenos deseos, buenas palabras y, como en las películas, meter todos mis efectos personales —que después de cuatro años no eran pocos— en una caja de cartón.

Son las seis y cuarto de la mañana. Lunes. Dentro de un rato cogeré el coche y no pondré música para amenizar el atasco, como suelo hacer, porque sé que no me va a apetecer escuchar nada mientras que le doy vueltas y más vueltas a la cabeza y me pregunto cómo hacer para comunicar a una persona que la vas a dejar sin trabajo.

Intento pensar en que las razones del despido son objetivas (¿o no lo son?) y en que el hecho de que te despidan —yo lo sé bien— es inherente al hecho de ser trabajador en estos tiempos inciertos. Trato de armarme hasta los dientes con argumentos sólidos e irrebatibles. Me digo aquello de que siempre que una puerta se cierra otra se abre y un montón más de bonitas frases hechas y rimbombantes, pero —sinceramente— no me sirve de nada.

Sé que me voy a sentar delante de una persona a la que conozco hace tiempo y con la que he trabajado codo con codo y la voy a dar una horrible noticia.

Sé que esa persona me va a mirar a la cara y me va a mostrar su sorpresa (sé que ella no se lo espera), su desaprobación, su desesperación, su dolor y posiblemente también su odio, y no tengo ni puñetera idea de cómo estar a la altura.

Me temo que es algo que no te enseñan en ningún sitio.

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Sobre nosotros : Elena S. González

Mujer Trabajadora. Madre de dos hijos. En constante búsqueda del equilibrio personal y profesional. Deportista y amante de la lectura.

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