No Somos Replicantes

Replicantes

En el año 1968 el escritor de ciencia ficción Philip K. Dick publicó la novela corta “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Transcurre en un futuro próximo (en la primera edición era 1992, en reediciones posteriores se cambió a 2021… veremos en el futuro si siguen aumentando) y trata, principalmente, sobre la relación entre los hombres y los androides en un decadente mundo postapocalíptico. Androides, es como se denominan en la obra a los seres fabricados por el hombre, con elementos orgánicos, y que, físicamente, no se pueden distinguir de las personas. Sí tenían otras importantes diferencias, como por ejemplo su fecha de caducidad, todos morían a los cuatro años de haber sido creados.

Catorce años después de su publicación, el cineasta Ridley Scott, filmó una adaptación al cine (bastante libre) en donde a esos seres se les rebautizó como “replicantes”. Esta película fue un fracaso en taquilla en su día y recibió numerosas críticas, aunque hoy en día es un clásico, cinta de culto y ejemplo a estudiar, y dicho sea de paso, mejor que la obra literaria en la que se basa.

Se puede escribir un libro (de hecho los hay) sobre la importancia, curiosidades, tramas, fondo y forma de la película, pero en este blog solo quiero centrarme en la figura del Replicante, es un ser que sabe que va a morir, tanto en el libro como en en su versión cinematográfica, aunque con una importante diferencia entre ambas: mientras que en el libro mueren porque sus células no son capaces de regenerarse, en el film es una fecha de caducidad que se les impone como medida de seguridad para los humanos. En cualquier caso, y esto es lo importante para el blog que nos ocupa, sabían que el periodo de vida con el que contaban era muy corto.

Sorpresas virtuales

Estos días, al ampliar mi red de contactos en Linkedin tras mi despido, me he encontrado con varias personas que, desgraciadamente, ya no están entre nosotros. Gente que tenía su perfil profesional y que, al fallecer, dicho perfil sigue existiendo. Yo les conocía y por eso lo sé, pero no se indica nada al respecto y cualquiera que llegue sin saberlo hasta ellos a través de la red social, no tendrá ninguna indicación de tal circunstancia.

Al principio me resultó raro y me causó una extraña sensación, como si fuese una falta de respeto, ya que a estas personas se les puedes mandar un mensaje o pedir contacto, nada te lo impide. Sin embargo, enseguida esa sensación cambió y, lo cierto es, que me reconfortó volver a verles, aunque fuese de esta forma y simplemente a través de una pequeña foto de perfil. Recordar momentos del pasado con ellos me hizo darme cuenta de que tampoco era tan malo que esas páginas siguieran existiendo, aunque me llevó a otro dilema: ¿no se podría hacer algo para que estos espacios pasaran a ser una especie de homenaje y no quedarse como un perfil anticuado al que parece que puedes contactar si no conoces la situación real?

Comprendo que estas compañías que gestionan este tipo de servicios no pueden saber si alguien está o deja de estar, no las culpo, pero debería haber algo fácilmente accesible para gestionarlo por parte de los familiares. La verdad es que no lo he investigado y seguramente exista algo así, siendo la familia la que debe ponerse en contacto con estas empresas para solicitarlo (o pedir su borrado), pero claro, entiendo que nadie esté durante uno de esos fatídicos momentos de tristeza pensando en ningún perfil, ni en Instagram, ni en “tiktokadas”, ni nada parecido.

¿Qué ocurre cuando ya no estamos?

Entonces me surge una nueva pregunta: ¿qué pasa con toda nuestra vida en la nube cuando fallecemos? No es un perfil profesional, no es solo una página de Facebook, no son fotos de platos de comida en Instagram o de pies en la playa… son miles de conversaciones en WhatsApp, cientos de fotos con amigos, padres, hijos, mascotas y monumentos que están colgadas en la nube, millares de correos electrónicos, puede que decenas de documentos guardados en línea, tal vez trabajos personales (libros, dibujos, escritos, poemas, cartas de amor…). Puede que la mayoría no tengan valor más que para su creador, pero las fotos, por ejemplo, o vídeos, pueden tener un valor sentimental incalculable para algunos familiares. ¿Se puede acceder a ellos? Repito que puede que todo esto esté contemplado, pero nadie lo suele comentar.

Y si se da permiso a un familiar, solo por serlo, a gestionar sus redes sociales y cuentas… y resulta que aparecen fotos de una doble vida, mensajes de amor a un amante desconocido, cartas comprometidas o lo que sea… tal vez sea mejor no dar permiso a nadie para nada.

La mejor solución

No he escrito todo esto para ofrecer una solución magnífica al problema planteado, más que nada porque no la tengo, pero antes de escribir el blog he comentado el tema con un par de amigos y sí he llegado a una conclusión; está claro que lo mejor sería que nosotros mismos lo preparáramos todo antes de morir, sacar las fotos que queramos, borrar los emails acusadores, guardar los manuscritos en una memoria portátil sin contraseña, cerrar perfiles…. pero claro, o no llegamos en condiciones óptimas para ello o, sencillamente, nos pilla de improviso, porque todos morimos, pero no somos replicantes y no sabemos cuándo nos llegará nuestro momento.

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Acerca de Javier Miranda

Javier J. Miranda (Madrid, 1972) trabajó durante más de 20 años como creador de contenidos en Nintendo. Se define como un contador de historias en el formato que sea, lo que le ha llevado a escribir libros, dirigir una película y crear un videojuego. Dicen que le queda entrar en el mundo del comic, pero él asegura que, antes de realizar una novela gráfica, debe terminar la trilogía sobre el pueblo maldito, Vidal de la fuente, en la que está enfrascado.

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