Este fin de semana estuve en Málaga para correr mi 17º maratón. Y, por una vez, no fui con esa arrogancia silenciosa del que se cree preparado “porque ya lo ha hecho antes”. Fui con miedo. Con respeto. Con esa sospecha incómoda —muy poco deportiva y muy empresarial— de que uno puede llevar años ganándose la vida a base de experiencia… y aun así llegar un domingo por la mañana con el depósito a medio llenar.
Porque esta vez la preparación no fue la de siempre. Ni la comida, ni el descanso, ni esa liturgia casi monástica que exige una maratón cuando quieres algo más que sobrevivirla. Y, como la realidad tiene una costumbre fea pero pedagógica —la de presentarte la factura sin pedirte el DNI—, el objetivo de tiempo se me escapó. Quería bajar de tres horas. No bajé. Terminé, eso sí. Y encima mejor de lo que esperaba cuando ya me veía negociando con el orgullo en el arcén. Contento, pero con esa alegría sobria del que sabe que ha salido vivo… aunque el traje tenga manchas.

Málaga estaba preciosa. La ciudad, volcada. Más de 17.000 corredores y una animación que te empuja como empujan los buenos equipos: sin tocarte, pero sosteniéndote. No llovía. Habían anunciado viento y, al final, no fue para tanto. Temperatura amable, calles con gente, ese ambiente que te hace pensar que todo va a ir bien. Y ahí está la primera metáfora empresarial del día: cuando el mercado te sonríe y el contexto es favorable, lo sensato no es confiarse. Es agradecerlo… y seguir haciendo bien el trabajo. Porque el viento, cuando decide aparecer, siempre lo hace en el tramo donde más duele.
El error más caro: confundir experiencia con preparación
Corría acompañado de un compañero de fatigas. Más joven. Mejor entrenado. Más fino. Y yo, que ya debería saberlo, cometí el pecado capital de los ejecutivos con kilómetros: quise mantener su ritmo.
Esto, en empresa, pasa cada día.
El director veterano que se pone a correr al ritmo del “high performer” recién fichado, convencido de que la experiencia compensa el entrenamiento. La organización que copia la estrategia del competidor porque “si a ellos les funciona, a nosotros también”. El patrocinador que aprueba un proyecto ambicioso porque en la última reunión todo parecía sencillo y el PowerPoint era precioso.
Y claro: el cuerpo —como la cuenta de resultados— no entiende de épica. Entiende de hábitos.
Yo lo sabía mientras corría. Me notaba fatigado más de la cuenta por ir por encima de lo prudente. Y ya veía el futuro con esa lucidez cruel que te regalan los errores: “En la segunda mitad, en los últimos 21 kilómetros, vas a sufrir más.”
En el mundo corporativo, esa frase se traduce así: si empiezas el año quemando equipo, el Q3 te lo cobras con intereses. Si al equipo le marcas un objetivo nuevo porque “el año pasado crecimos” pero no metes en la ecuación la reacción de la competencia, un lanzamiento de producto de verdad, una contramedida seria y, sobre todo, un maldito “¿qué pasa si…?”, cuando empiece a venir mal dadas verás cómo la gente se te despega como pintura vieja. Y la rotación, al principio discreta, acabará pareciéndose a un boquete bajo la línea de flotación: de esos que el capitán niega… hasta que el Titanic ya va con la proa hundida.
El espejismo del “yo puedo”: el enemigo elegante del liderazgo
También me decía cosas a mí mismo. En voz baja, como se dicen los pactos con la conciencia: “Tienes experiencia. Sabes sufrir. Puedes hacerlo.”
Y sí: la experiencia sirve. Pero no es un sustituto del método; es un amplificador. Si te preparas bien, la experiencia te hace fuerte. Si te preparas mal, la experiencia te hace temerario. Y la temeridad, en un maratón o en un comité de dirección, es la manera más rápida de confundir valentía con irresponsabilidad.
Aquí aparece la segunda gran enseñanza: la cabeza puede empujar, pero no puede negociar con la fisiología.
En empresa, la fisiología se llama procesos, capacidad, flujo de caja, estructura, equipo, tiempo real disponible, deuda técnica, deuda emocional. Tú puedes motivarte con discursos, con “vamos equipo”, con “esto lo sacamos”. Pero si no hay “nutrición” —datos, herramientas, priorización, claridad de roles, foco—, en algún momento la organización entra en calambre.
Y el calambre, cuando llega, llega como llegó en Málaga: sin dramatismo al principio. Una dureza. Un aviso. Y luego el inevitable descenso de ritmo.
Kilómetro 27-28: el sitio donde el cuerpo te pide dimitir
Y entonces llegó. El kilómetro 27, 28. Las piernas duras, amagos de calambre, ese instante en el que el cuerpo te grita con la autoridad de un jefe viejo: “Para. Anda. Déjalo.”
Ese es el punto exacto donde se separan dos tipos de corredores… y dos tipos de profesionales.
- Los que solo “terminan” si van a cumplir expectativas. Si no salen los números, si el KPI se tuerce, si el plazo se va, abandonan emocionalmente. Siguen yendo a la oficina, sí, pero ya han abandonado por dentro.
- Los que entienden que el objetivo era el tiempo… pero el compromiso era la carrera.
En proyectos pasa igual. Hay un momento —siempre lo hay— en el que los indicadores te dicen que ya no llegas “a lo prometido”. La tentación entonces es el abandono elegante: reetiquetar, maquillar, culpar al contexto, cambiar el relato, esconder el retraso en un “fase 2” que nunca llega.
Lo fácil, en Málaga, habría sido pararme. Andar. Dejarlo. Es lo que hace mucha gente. También muchos equipos cuando se dan cuenta de que el plan era demasiado optimista o estaban peor preparados de lo que creían.
Pero aquí aparece la tercera enseñanza, la que no sale en los manuales porque no se puede certificar con un sello ISO: la disciplina no brilla; solo sostiene.
Seguir corriendo —aunque más lento— es aceptar la realidad sin rendirse a ella. Es entender que a veces no vas a ganar… pero tampoco te vas a traicionar.
Los 10K no te preparan para una transformación
Hay quien se cree que por correr bien un 10K o una media maratón puede con cualquier prueba. “Poder, podrían”, decía yo mientras veía en mi cabeza todas las veces que en empresa se confunde éxito en corto con capacidad de largo.
Un 10K es un proyecto táctico: intenso, rápido, con margen de improvisación. Una maratón es un programa estratégico: largo, desgastante, con riesgos acumulativos. En el kilómetro 8 puedes arreglar una mala salida. En el 28 pagas todo lo que hiciste mal… desde la primera semana de preparación.
Por eso, cuando alguien me dice “esto en dos meses está”, yo ya oigo el ruido de las piernas endureciéndose. Cuando un comité exige resultados sin inversión, yo ya veo el calambre. Cuando una organización quiere “transformarse” sin tocar incentivos, sin gobernanza, sin foco, sin hábitos, yo ya estoy en el kilómetro 28 con el cuerpo pidiendo dimitir.
El final: no era el tiempo. Era la persona que decides ser cuando no sale
No logré el sub-3. Y sin embargo terminé. Y eso, en el fondo, es lo que importa más que cualquier cronómetro: terminar siendo tú cuando la cosa se pone fea.
En Málaga aprendí —otra vez— que el éxito no es un número. El éxito es la suma de decisiones pequeñas cuando ya no hay glamour: comer bien aunque nadie te aplauda, dormir cuando podrías presumir, entrenar cuando nadie mira, bajar el ritmo cuando el ego exige acelerar, y seguir cuando el cuerpo pide excusas.
En liderazgo pasa exactamente lo mismo. Se lidera de verdad cuando:
- el plan falla y no buscas culpables, buscas palancas;
- los números se tuercen y no rompes al equipo, lo proteges y lo enfocas;
- el objetivo cambia y no te pones cínico, te pones serio;
- el mercado se enfría y no te escondes, ajustas, priorizas y sigues.
Así que, si algún día te encuentras en tu propio kilómetro 28 —ese punto donde el proyecto se atraganta y todo lo fácil ya se acabó—, recuerda esto: el cuerpo te pedirá abandonar; el ego te pedirá justificarte; y la realidad te pedirá método.
Hazle caso a la realidad.
Y sigue.
Aunque sea más lento. Porque hay victorias que no se miden en tiempo. Se miden en carácter.
