Excusas y más excusas: el santo patrón del “solo cinco minutos más”

Hubo un tiempo —no tan remoto como nos gusta fingir— en el que los hombres se ganaban el cielo con cilicios y vigilias. Hoy lo hacemos con Excel, Teams y una mirada de mártir corporativo que dice: Tranquilos, yo me quedo… por el bien de la empresa”. Y así, con esa épica de cartón piedra, montamos catedrales de jornadas infinitas y las llamamos “compromiso”.

Voy a empezar por donde duele: por mí. Porque durante años fui ese directivo que confundía liderazgo con resistencia, eficiencia con sacrificio, y autoridad con el arte de alargar el día como si el tiempo fuese una goma elástica comprada en el bazar de la culpa. Me creía imprescindible. Me creía “el que sostiene”. Y no me daba cuenta de que, mientras yo me colgaba medallas invisibles, le colgaba grilletes visibles a mi equipo… y a mi familia.

La liturgia de salir tarde y arrastrar a otros

En toda oficina hay una religión secreta. No está en el manual del empleado, pero se practica con devoción:

  • El que sale a su hora “no está comprometido”.
  • El que se queda hasta tarde “tira del carro”.
  • El que manda correos a las 23:47 “es un líder”.
  • El que responde a los 3 minutos “merece vivir”.

Y luego nos preguntamos por qué la gente desconecta, enferma, se va… o se queda, pero por dentro ya está en otro sitio.

Las excusas del directivo noctámbulo son un bestiario fascinante. Una colección de frases que se repiten con la precisión de un reloj suizo… que, por supuesto, no sabemos usar para irnos a casa.

“Es que mañana tengo comité.”
El comité, ese monstruo mitológico que devora vidas. La víspera del comité convierte a cualquier mando en un monje copista. De pronto, todo es urgente: la tabla dinámica, el gráfico, el “insight”, la diapositiva con flechas, el mapa de calor que no calentará nada. Y lo mejor: muchas veces no se enseña. O se enseña sin contexto. O el jefe mira el móvil, asiente y dice: “Vale, seguimos”. Y tú, mientras, has dejado a alguien “pringando” hasta las diez porque el color del KPI no te convencía.

“No puedo delegar esto, es sensible.”
Traducción: “No he entrenado a mi equipo, no confío en él o temo que lo hagan mejor que yo”. La sensibilidad no está en el documento; está en el ego. Y el ego es el peor gestor del tiempo: siempre cree que sin él el Titanic se hunde… cuando en realidad el Titanic eres tú, chocando cada noche contra el mismo iceberg.

“Solo necesito una hora más.”
La hora más larga de la historia. Esa hora se convierte en tres, y las tres en “ya que estoy…”. Y en ese “ya que estoy” se queda tu equipo, que tenía vida antes de conocerte. Tenía niños, cenas, gimnasio, un café con alguien, o el simple lujo de no mirar la pantalla. Y tú, sin querer, les enseñas una lección venenosa: aquí se premia el que aguanta, no el que resuelve.

 “Es que el Teams me pone reuniones de una hora.”
Como si Teams fuese tu jefe y tú un siervo digital. “La reunión dura una hora porque el recuadro es grande”. Maravillosa lógica: también hay piscinas olímpicas y nadie te obliga a nadar 1.500 metros para lavarte las manos.

 “Como estamos en teletrabajo, total…”
El teletrabajo ha traído el gran autoengaño: cómo estás en casa, no estás “robando tiempo”. Mentira. Lo estás robando igual, pero con zapatillas. Y además con un extra perverso: el correo a deshoras. Ese correo que tú envías “para adelantar” y que a otro le quita el sueño. Porque no es un correo: es una granada con asunto “URGENTE”.

La psicología del directivo que no se va

Detrás de estas excusas hay algo más que mala organización. Hay psicología de la buena… y de la mala.

  • Síndrome del héroe: necesidad de sentirse imprescindible, salvador, “el que sostiene la operación”.
  • Miedo a la irrelevancia: si no estoy, ¿me necesitarán? Si me necesitan menos, ¿valgo menos?
  • Control disfrazado de calidad: “si lo hago yo, sale bien”. Y claro: también sale tarde.
  • Culpa preventiva: mejor quedarme por si acaso, no vaya a ser que pase algo y parezca que no me importa.
  • Adicción a la urgencia: la adrenalina del último minuto sustituye al placer de planificar.

Y así se crea una cultura que presume de cansancio como si fuese un ascenso: “Estoy reventado”. “No he parado”. “Llevo desde las siete”. Y lo cuentan con orgullo, como quien enseña una cicatriz de guerra. Solo que aquí la guerra es contra tu propia vida.

El coste real: la factura que nadie mete en el Excel

Lo peor no es que tú salgas tarde. Lo peor es lo que te llevas a casa: cansancio, irritación, ausencia. Llegas con la mirada apagada, respondes en automático, cenas como trámite, escuchas como quien firma un documento sin leerlo. Y luego te sorprende que tu pareja te mire como se mira a un compañero de piso. O que tus hijos se acostumbren a que “papá llega tarde”. O que tu salud te pase la cuenta sin pedirte permiso.

Y mientras tanto, en el trabajo, ocurre lo inevitable:

  • Más horas = más errores. A las 22:30 no estás afinando un análisis: estás fabricando excusas para justificar el cansancio de mañana.
  • Menos delegación = equipo infantilizado. Solo reciben órdenes, no responsabilidad. Y cuando la gente no tiene responsabilidad, no crece; se apaga.
  • Más presencia = menos liderazgo. Te conviertes en productor de PowerPoint, no en decisor. Y terminas construyendo información que otro podría hacer, cuando tu trabajo era analizar, priorizar y decir “no”.

Mandamientos para dejar de ser el último de la oficina, sin convertirte en un santo

No voy a venderte humo motivacional. Esto va de hábitos, de valentía y de respeto. Especialmente respeto por la gente que trabaja contigo y por la gente que te espera en casa.

Aquí van algunos mandamientos —con perdón— para desacralizar la jornada infinita:

  1. Si algo es importante, no lo dejes para el final del día.
    El final del día es para cerrar, no para improvisar.
  2. Delegar no es “pásame esto”. Delegar es formar y desarrollar al equipo.
    Si te da miedo delegar, no tienes un equipo: tienes espectadores.
  3. No arrastres a nadie a tu urgencia fabricada.
    Si tú te organizaste mal, que no pague otro tu desorden.
  4. Reunión de 10 minutos.
    Si dura una hora es porque alguien vino a hablar de sí mismo.
  5. Prohibido mandar correos tarde si no arde el edificio.
    Y si arde, tampoco: llama a emergencias, no a “Todos”.
  6. Aprende a decir NO con elegancia.
    El “sí” automático es el impuesto que pagas por no tener criterio.
  7. Mide esfuerzo vs. resultado.
    Si el rédito es bajo, no lo hagas. El negocio no es una ONG del perfeccionismo.

Y el último, que es el único que importa de verdad:

  • Si tu vida personal no funciona, tu vida profesional tampoco.
    Porque somos estados de ánimo con patas. Y un directivo roto dirige roto.

El Titanic no se hunde… pero tú sí

La empresa no cierra porque te vayas a tu hora. El mundo no se derrumba porque el gráfico no tenga la sombra perfecta. Nadie muere porque una reunión pase al día siguiente. Pero sí se mueren cosas —despacio y sin ruido— cuando conviertes el trabajo en una excusa para no mirar lo demás.

A mí me costó caro aprenderlo. Y por eso lo escribo con cierta mala leche y bastante cariño: porque el directivo que sale tarde no siempre es un villano; muchas veces es un ingenuo con cargo, un prisionero de su propio personaje.

Hazte un favor: baja del altar del “yo me quedo”. Deja de rezarle a Excel. Y vuelve a casa o desconecta a una hora decente.

Que la vida —aunque algunos no lo crean— también tiene comité. Y ese sí que no perdona.

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Acerca de Luis Ortiz

CEO y fundador de Nexum Consulting Solutions, con 20 años de experiencia en la dirección comercial, liderando equipos de venta de alto rendimiento en mercados B2B y B2C, gestionando múltiples canales de ventas, adaptando y optimizando la estrategia comercial en distintos contextos y sectores.

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