El domingo pasado salí a hacer una “tirada larga”. Veintiocho kilómetros a ritmo sostenido: el tipo de entrenamiento que afila la cabeza, limpia el ruido y te obliga a hablar contigo mismo con una honestidad que a veces evitamos en la oficina. Estoy preparando la Maratón de Málaga del 14 de diciembre —será la decimoséptima— y, como buen maratoniano, antes de atarme las zapatillas decidí qué llevaba encima (geles, cafeína, sales, agua), cómo lo iba a transportar y cada cuánto iba a comer y beber. También fijé el ritmo: un esfuerzo del 85–90% que, si todo fluía, me permitiría acortar unos veinte segundos por kilómetro el día de la carrera y conseguir mi objetivo. Plan, método, constancia y disfrutar del proceso preparatorio.
La mañana era perfecta: 15–17 grados, compañeros del Trisanse y un circuito que arranca en Sanse hacia las pistas del aeropuerto. Hay un punto mágico en el que el avión despegando te despeina; luego, el camino se estrecha entre arboledas junto a la T4, donde las ramas se funden con los aviones y los saludos de corredores y ciclistas te recuerdan que avanzar también es compartir. Sudor, ritmo, alimentación, conversación… No hablar por hablar: hablar para sumar. Y, sobre todo, disfrutar cada kilómetro. Porque si solo vives para la meta, te pierdes la carrera.
En la empresa pasa lo mismo.
Primera lección: planificar no es oprimir el calendario, es darle oxígeno al resultado. Igual que defino qué gel toca en el kilómetro 14, en el trabajo conviene trazar hitos con tiempos conservadores. La prisa perpetua es una mala nutrición: te obliga a improvisar, recorta las verificaciones y entrega productos, proyectos y o resultados “medio pensionistas” que erosionan la confianza del equipo y del cliente. El día “H” debería ser la consecuencia natural de un proceso bien llevado, no un examen sorpresa.
Segunda lección: el mejor ritmo es el sostenible. En los entrenos, si puedes conversar, vas más fuerte de lo que crees. En los equipos, si puedes pensar mientras produces, trabajas mejor de lo que aparenta tu agenda. Impón un pulso que permita revisar, aprender y ayudar a los demás. Liderar también es mirar el paisaje —árboles y aviones— para esquivar las piedras a tiempo.
Tercera lección: apuesta por el ocho. La perfección no existe; la persecución ciega de la nota diez genera retrasos, frustración y te roba el placer del proceso. El “ocho” como estándar operativo libera creatividad, preserva foco y eleva la consistencia. Guarda el diez para el momento de presentar: allí se pulen brillos, no se inventan fundamentos.
Cuarta lección: protege la atmósfera. Hay conversaciones que oxigenan y otras que intoxican. En una maratón, una palabra de ánimo te permite un kilómetro más; en la oficina, una crítica corrosiva te roba la jornada entera. Aléjate —con elegancia, pero con firmeza— de la negatividad. Si la negatividad está en tu equipo, no compensa el supuesto talento: lo que gana esa persona, se lo resta al conjunto.
Quinta lección: decir NO también es liderazgo. Igual que no sales a 3:50 si tu cuerpo está para 4:10, no aceptes compromisos que te condenen al sprint eterno. Un “no” a tiempo protege la calidad, la salud del equipo y, paradójicamente, tu reputación.
Y una última idea que me gusta de las carreras: la figura de la liebre. Esa persona que marca un ritmo que, si lo sigues, te lleva al objetivo. En la empresa, el líder-liebre no aprieta con los tiempos; acompasa, alimenta de feedback y mantiene la serenidad cuando el grupo tiende a acelerar sin sentido. Porque liderar, como “maratonear”, es sostener: sostener la ambición sin ahogar el disfrute; sostener el método sin perder la humanidad; sostener el proceso para que la meta llegue, casi, por inercia.
Disfruta del proceso. Cada día trae tareas, hitos y una ocasión estupenda para aprender algo nuevo. Si te organizas con cabeza, si entrenas con gusto y, cuando toque, dices “no” con criterio, llegarás a la meta con aire en los pulmones y ganas de volver a salir. Y eso —en el deporte y en la empresa— es ganar de verdad.
