Hoy te comparto la historia de Julia (nombre ficticio), un ejemplo de esfuerzo y resiliencia frente a las adversidades de la vida y el mercado laboral.
Comenzó su carrera como recepcionista, un trabajo que le permitía costear sus estudios de Filosofía. Le gustaba tratar con clientes y resolver problemas. Gracias a su actitud proactiva y su rápida capacidad de aprendizaje, pronto le ofrecieron una prometedora carrera profesional dentro del área de clientes. Se vislumbraba un futuro sólido que le permitiría independizarse y hacer realidad sus planes de vida.
Durante cinco años, Julia fue cosechando éxitos y promociones hasta ocupar un puesto directivo. Todo iba según lo planeado hasta que se quedó embarazada. La noticia coincidió con un momento crucial: la empresa se vio afectada por una grave crisis económica.
Su futuro prometedor se desvaneció de golpe, un viernes, al regresar de la comida.
– Lo sentimos, Julia, pero la empresa se encuentra en una situación difícil y debemos realizar recortes. Tenemos que prescindir de tu puesto. Aprovecha para disfrutar de tu hijo; te deseamos que todo vaya muy bien-.
Julia sintió que se asomaba a un vacío. Estaba en shock. La seguridad que le había permitido tomar la decisión de ser madre se había tornado en incertidumbre absoluta. A punto de dar a luz, sabía que nadie la contrataría a corto plazo.
Las personas de su entorno, intentando animarla, le aconsejaban que se relajase y disfrutase de la maternidad mientras cobraba la prestación de desempleo. Sin embargo, este consejo, lejos de ayudarla, la hacía sentirse peor,
¿Le dirías a alguien que disfrute de su trabajo y se olvide de tener hijos? ¿Por qué no podía tener las dos cosas?
El coste de una pausa y el primer regreso
El bebé de Julia nació con un problema de corazón. Afortunadamente, y tras una operación, el niño salió adelante. Pasaron tres años hasta que su hijo estuvo completamente bien y ella intentó reincorporarse al trabajo.
El parón de tres años pasa una factura muy cara en el mercado laboral español. Julia no había dejado de formarse para mantenerse actualizada; tenía las competencias y la experiencia. Además, esos años le habían regalado una mayor madurez emocional y una fuerte resiliencia para enfrentar cualquier problema laboral.
Pese a ello, solo consiguió empleos temporales y condiciones precarias. Era como si hubiera perdido el tren hacia su futuro, quedándose estancada en un lugar olvidado del mundo. Su fortaleza comenzaba a flaquear.
Reinventarse dos veces
Fue entonces cuando decidió pedir ayuda profesional y, acto seguido, emprender. Montó un negocio que prosperó con éxito durante ocho años, hasta que… llegó otra crisis.
De nuevo el vacío. Tuvo que cerrar, perdiéndolo todo, y ahora con 48 años. Al menos, le quedaba una casa ya pagada.
En solo tres meses, y gracias a un conocido, consiguió un nuevo empleo como encargada de tienda. Estuvo cuatro años, pero el auge de la venta por internet llevó al cierre definitivo del establecimiento.
Una vez más el vacío, cada vez más aterrador.
Las necesidades urgentes de supervivencia le impiden focalizarse en el largo plazo, en buscar el trabajo para el que realmente tiene la formación y la experiencia. Vuelta al trabajo temporal y precario para cubrir las necesidades inmediatas. Así es difícil trazar una estrategia.
Sí, es difícil. Tal vez no pueda avanzar al ritmo que le gustaría, pero Julia no se rinde.
“Tengo los recursos dentro de mí y yo valgo más que un trabajo”.
La historia de Julia es un recordatorio de que el valor profesional no se mide solo por un currículum o un salario, sino por la capacidad de levantarse una y otra vez. Si Julia, con todas las cartas en su contra, sigue luchando, ¿qué te detiene a ti?
Cuéntanos: ¿Alguna vez sentiste que “perdiste el tren” en tu carrera? ¿Qué te ayudó a seguir adelante?
