NAVIDAD 1998

Cerró el libro. Como se cierran los libros que no se quieren cerrar. Aquellos que deseas que nunca acaben. Pero todo termina, a todo se le pone las dichosas tres letras. Fin.

Letras que, según las ordenes, pueden hasta poner la banda sonora.

Permaneció inmóvil durante unos minutos. Tal vez con el propósito de que tal inmovilidad, hiciera que todo siguiera igual que hacía escasos minutos. Esos en los que seguía leyendo.

Quedaban sólo cuatro días para navidad. Los mismos que en el libro.

Su primer impulso fue copiar al protagonista. Hacer lo mismo que él hizo.

Y lo hizo, pero en sus manos no lucía igual.

Descartó la idea de continuar repitiendo los mismos patrones que acababa de leer. Optó por salir. Dar un paseo sin duda le ayudaría a despejar su alborotada cabeza. Le ayudaría a volver a la realidad.

Su realidad. Porque realidades hay tantas como personajes. Lo sabía bien. Como lectora casi compulsiva, ¡había vivido tantas vidas!

Tal vez como vía para escapar de la suya, tal vez para hacer la suya más vida.

El frío húmedo se fue colando sin pedir permiso, y sólo cuando tal vez era demasiado tarde, notó que tiritaba.

Se abrochó el abrigo y le dio una vuelta más a la gran bufanda capaz de camuflar cualquier rostro.

A su alrededor cientos de personajes viviendo su propia historia. O tal vez, creyendo vivir su propia historia.

Navidad 1998. En realidad no hacía tanto y apenas recordaba nada. Había olvidado. Había querido olvidar. Olvidó que hubo una navidad. Todas las navidades anteriores a esa habían sido navidad.

Lo que venía en cuatro días era otra cosa, no sabía el que, pero estaba segura que no se le podía llamar navidad.

Dejó de pensar. Tal vez para dejar de sentir.

Luces, adornos, chocolate, turrones, música, grandes muñecos adornando escaparates de tiendas donde el exceso es la norma.

Atrás quedaron los años de los sencillos lazos rojos y verdes. Atrás quedaron muchas cosas.

-Dichosa navidad – murmuró para su bufanda.

-¿Perdona decías? – un camarero le sacó de su ensoñación.

-Con leche, sin azúcar, pero con cucharilla por favor.

-Enseguida.

Se sentó en esa mesa que nadie quiere. La que está al lado de la zona de los aseos. Esa por la que todos pasan. Esa que tiene el espacio justo para la mesa y nada más.

Se sentó mirando hacia el cartel donde ponía Aseos. Escrito con grandes letras con la intención de que nadie tuviera que preguntar por ellos.

-Disculpa – una voz que creía familiar la hacía volver de nuevo.

Se giró hacia la voz. El camarero de antes, le traía el café y un libro.

Por supuesto lo primero que vio fue el libro. “Navidad 1998”

No sabría decir que fue antes si los latidos de su corazón, su cabeza a punto de estallar, su mano cogiendo el libro, o el café que derramó al hacerlo.

-No se preocupe, lo limpio en seguida y le traigo otro. Con leche sin azúcar, pero con cucharilla, ¿verdad?

No escuchaba no podía hacerlo. El pitido constante que atronaba su cabeza le impedía hacer nada que no fuera cerrar los ojos para controlar el dolor.

-¿Se encuentra bien?

-Sí, sí. Perdone lo del café.

-Descuide. A mí me pasa todos los días. – Y le obsequió con una sonrisa cómplice.

Se cambió de mesa. Notó los ojos del resto en diferentes partes de su cuerpo, pero sabía que no duraría mucho. A penas unos segundos que tal vez se harían como minutos, nada más. Ya sabía controlar esa sensación.

Se sentó. Dejó el libro para intentar limpiarse un poco. Gesto inútil. Ninguna servilleta de papel consigue quitar ninguna mancha.

-Aquí tiene. ¿Necesita algo más?

-El libro. ¿Por qué me ha dado este libro?

-Pues si me permite sentarme, le explico.

Le hizo un gesto para que tomara asiento, más bien como una súplica.

-Verá, bueno lo primero soy Adrián. Encantado – dijo mientras le ofrecía su mano con una gran sonrisa.

– Si claro, yo soy Marina.

-Lo se, ya me avisaron.

-¿Cómo dices?

-Bueno mejor será que empiece por el principio.

Y comenzó a hablar. Le contó que un señor vino un día, y que le dio un libro, y que…

Las palabras se amontonaban en su cabeza, no era capaz de seguirle, todo lo que decía le resultaba absurdo, pero a la vez familiar, como si realmente supiera todo eso que le estaba contando. Como si ya lo hubiese vivido, o como si,…

No, no podía ser, eso mismo que él le contaba, era lo que había leído.

Otra vez el pitido en su cabeza, pero esta vez mucho más fuerte, y todo se volvió negro.

Abrió los ojos.

Estaba inmóvil. No era capaz de mover nada. Volvió a cerrarlos.

Respiró.

Volvió a abrirlos.

-Gracias por volver a abrirlos – le dijo el mismo camarero.

Trató de incorporarse sin éxito.

-No hagas esfuerzos. Mejor quédate así. Que ya van dos cafés que tiras. – Lo dijo con cariño, para que sólo pudiera entender el tono, y no lo que decía.

-Perdón, yo…

-Descuida, ya te avisé que a mi me pasa todos los días.

Volvió a cerrar los ojos. Le costaba tenerlos abiertos, y la sensación de ser centro de atención no era lo que más le gustaba.

Se percató que realmente no era así. Estaban solos. Era como un reservado, un sitio pequeño y acogedor. Aquí no llegaba el ruido de platos, cafeteras y cucharas.

-Mejor ¿verdad? – le preguntó con su habitual sonrisa.

Su voz era cálida, como una bufanda suave y calentita.

-Verás, te desmayaste o algo así. Te caíste de la silla y derramaste el café. Parece que te golpeaste contra otra silla, pero bueno, tampoco hace falta entrar en detalles. Como suele pasar, había un médico en la sala, y vio que no era nada grave. Te trajimos aquí y me pidió que te acompañara hasta que volvieras.

-Gracias – dijo mientras se incorporaba. ¡El libro!

-Tranquila, está ahí – y le señaló hacia una pequeña mesa.

-Verás ese libro…

-No hace falta que me cuentes nada, ya lo sé.

Y fue él, el que comenzó a contarle su secreto, ese de las navidades de 1998.

Habían pasado casi dieciocho años, y no hacía falta dar explicaciones. Aquel hombre ya lo había hecho por ella, el que le dio el libro. El que le explicó quién era él y quien era ella.

Y como aquel libro había servido para volver a encontrarse.

Navidad. Este año volvería a ser navidad.

Rocío Lago

Rocío Lago

Consultora Asociada en g2Talentum RRHH, s.l.
Profesional Vocacional de RRHH, orientada al desarrollo de las personas.
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